Hace unos años, un virus comenzó a recorrer las calles de una ciudad peculiar, perdida en el mundo, llamada Ciudad Gris. Una urbanización de tamaño moderado, familias típicas, días típicos (aunque muy lluviosos). ¿Quién iba a pensar que una epidemia iba a saltar y convertir a las personas infectadas en muertos vivientes? Las poblaciones cercanas a Ciudad Gris han sido evacuadas y, las que no, tienen las mejores defensas que uno puede imaginar. Hay agentes, hay cazadores, hay científicos, hay mutantes, hay bestias... e incluso hay fantasmas. El Gobierno ha comenzado a actuar. ¿Su próxima acción? Matar a todos los mutantes y evitar que el virus se convierta en lo que muchos temen; el fin de la humanidad.


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Annabeth L. Campbell

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Annabeth L. Campbell

Mensaje por Annabeth L. Campbell el Vie Ene 27, 2012 10:32 pm












I'm a dead man walking here,
but that's the least of all my fears.

Annabeth es una persona dura, descarada y despreocupada. No teme meterse en problemas ni comenzar una pelea; le da igual el resultado, siempre y cuando ella forme parte del suceso. Por otra parte, no le da miedo expresar sus pensamientos, y si cree que eres algo desagradable, si piensa que eres horrible o si te detesta con todo su ser, te lo dirá sin el menor indicio de duda. Porque Annabeth es así; sincera, y le da igual o que tú pienses de ella.
Le gustan os deportes, la caza, los dulces y las noches de invierno. Se conforma con poco siempre y cuando se sienta cómoda, no importa el sitio o la compañía. Odia la faldas, las conversaciones superficiales, las chicas que creen que por ser bonitas pueden conseguirlo todo, el prejuicio que se tiene en contra de las mujeres.
Anteriormente, su mayor miedo era perder a alguien cercano. Ahora que el mismo se hizo realidad, lo único que teme es que vuelva a repetirse, o que le pase a otra persona lo mismo que le pasó a ella. Encontrar nuevamente a James es su mayor anhelo, aunque no tiene ni idea de dónde puede estar.

she's not much for words

■ nombre & apellido → Annabeth Leigh Campbell.
■ apodos → Anna, Annie, Leigh.
■ edad → Veinte años.
■ rango → Cazadora.
■ habilidad → Testaruda a morir y manejo perfecto de cuchillos y dagas.
■ estado civil → Soltera.
■ sexualidad → Heterosexual.

she's hidden her heart away

■ nacionalidad → Estadounidense.
■ residencia actual → Ciudad Gris.
■ clase social → Baja.
■ familia → James Campbell (hermano), Leigh y Matthew Campbell (padres).
■ amistades en general → Los amigos para Annabeth casi no existen. Llámala marginada social, pero aunque tiene naturaleza extrovertida le cuesta mucho mantener a los amigos pues, cuando éstos se enteran de lo que realmente hace, comienzan a distanciarse rápidamente debido al temor de que ella los sorprenda con una daga en la espalda; porque Annabeth no es confiable, en lo absoluto.
■ pertenencias importantes → Un medallón de plata con la flor de Lis; un par de botas negras que no hay día que no lleve puestas, especialmente buenas para guardar cuchillos; una colección de cuchillos y dagas; una funda de muslo donde puede guardar armas.

—De mayor, abuela, quiero luchar.
—¿Luchar? Mi niña, esas cosas son para los niños.
—Quizás. Pero a mí me gustan. Quiero proteger a los que quiero.
—Oh, Annabeth... ya crecerás.

Desde niña, Annabeth ha sido diferente. No porque fuera especial ni nada por el estilo, simplemente porque siempre ha tenido diferentes ideas a las de las demás niñas de su misma edad. Cuando las niñas jugaban con muñecas, ella iba con sus amigos niños y alentaba las peleas que se presentaban. Siempre fue más amiga de los hombres que de las mujeres, simplemente porque todo el tiempo ha sentido que se parece más a ellos que a las delicadas señoritas, una de las cuales su familia quería que se convirtiera. Refinada, elegante... esas palabras eran sinónimo de odioso, al menos para Annabeth. Le encantaban los deportes, detestaba los vestidos y mantenía constantes peleas con su madre con respecto a qué ropa usar. Ella prefería la holgada y atrevida, lejos de las delicadas faldas que ella intentaba que se pusiera costara lo que costara. Por esa razón, por estas opiniones tan dispares, Annabeth y su madre nunca fueron muy unidas.
Desde que tiene memoria, Annabeth ha sentido una irrefrenable necesidad de proteger a los que están a su alrededor. No porque quería que la gente la admirara, sino porque no soportaba ver sufrir a los demás. Debajo de esa fachada de chica dura, terriblemente descarada y a la cual todo le daba igual, se escondía el temor de perder a alguien a quien amaba. No importaba si se trataba de su madre, de su abuela, de un amigo o del perro que tenían de mascota; ella, por sobre todas las cosas, odiaba ver el sufrimiento de otro. Aunque, claro, eso no quería decir que fuera una persona débil; podría detestarlo, pero lo enterraba muy en el fondo de su ser, y cuando el sufrimiento terminaba siendo suyo propio, lo ocultaba y seguía mostrando esa mirada dura, intimidante, que hacía que los demás la tildaran de agresiva.

—¡Jim! Basta ya, ¡me haces cosquillas!
—No hasta que lo admitas, Annie.
—¡Detente! ¡No es cierto!
La pequeña niña de cabellos negros se escapó rápidamente de los brazos de su hermano mayor y corrió hacia la otra punta de la habitación.
—¡Ya verás, Annabeth! —le gritó él, aunque se veía una sonrisa en sus labios.

Annabeth tenía un hermano. James. Dicen que toda persona tiene a alguien en el mundo que hace el papel de ángel de la guarda; James era el ángel de Annabeth, y ella era el suyo. Aunque se llevaban más de tres años, siempre fueron más unidos que cualquier otro tipo de hermanos. Entre ellos las peleas se basaban en risas y discusiones absurdas, nunca llegando a la violencia ni mucho menos a enfadarse realmente el uno con el otro. Podría decirse que, al compartir la misma sangre, eran bastante parecidos; pero no. Annabeth, con sus aires despreocupados y violentos, era todo lo contrario a James, que demostraba amabilidad y preocupación por donde se viera. Esto no quería decir que James fuera débil, no; cuando lo necesitaba, era la persona más dura y rencorosa del mundo {en esos momentos, era cuando se notaba realmente el parecido que tenía con su hermana}, pero la mayor parte del tiempo trataba a las demás personas amablemente y no se preocupaba en ocultar aquella parte suya que demostraba preocupación por los demás, a diferencia de Annabeth. Annie, para él.
Quizás la razón por la cual las peleas apenas existían entre ellos era porque ambos eran almas carentes de celos. Puede que los dos se enfadaran con una terrible facilidad y la gente creyera que eran más raros que otra cosa, pero ninguno de los dos sentía necesidades de llegar demasiado alto con su vida ni de compararse con los demás. Por eso, cuando su padre le regalaba algo a Annabeth, James ni siquiera se inmutaba, y lo mismo sucedía al revés. ¿Celos? ¿Qué era esa palabra, si ambos tenían todo lo que querían al tenerse el uno al otro para pasar el rato, compartiendo ideas y protegiéndose mutuamente? Porque cuando alguien molestaba a Annabeth, James siempre estaba ahí para protegerla, aunque luego ella le dijera que no necesitaba su ayuda en lo absoluto. Y cuando alguien intentaba hacerle algo malo a James, Annabeth no dudaba en comenzar a pelear por el bien de su hermano, aunque luego él le dijera que eso no estaba bien y que debía ser un poco más pacífica. Muy en el fondo, los dos amaban cómo el otro daba todo por protegerlo.

—¿Qué fue ese ruido?
Annabeth alzó la cabeza rápidamente, sus oídos atentos ante cualquier sonido fuera de lo común. Ese ruido... ¿qué había sido? ¿Un golpe?
Miró a James, preocupada.
—¿Jim? ¿Lo oíste?
El muchacho, que estaba sentado en el sillón contiguo, asintió con la cabeza muy lentamente.
—Quédate aquí, Annie —le dijo—. Iré a ver qué pasa.
—James...
Annabeth comenzó a levantarse de su lugar, pero su hermano la detuvo.
—Te he dicho que te quedes aquí —le espetó.

Quizás, sólo quizás, aquella vez ambos deberían haber ido juntos a ver qué sucedía. Probablemente, si James no hubiera querido proteger a su hermana pequeña, que en ese entonces ya tenía unos dieciséis años, las cosas todavía seguirían siendo normales. Al menos, tan normales como el destino permitiera que fueran.
Pero, con el tiempo, Annabeth aprendió que pasarse horas pensando en el pasado no era para nada bueno; había que vivir el presente, aunque su presente no es nada bueno. Aquél día, cuando oyeron extraños sonidos proviniendo de el piso superior de su modesta viviendo, James subió a ver qué pasaba. Estaban preocupados, puesto que su padre había pasado varios días enfermo y delirante, hasta llegar a tal punto que ya no podía siquiera salir de la habitación. Annabeth se quedó en la sala, sentada en el sillón, preocupada. Pasaron los minutos y ya no pudo soportar más la silenciosa espera, así que desobedeció las órdenes de su hermano y subió a la habitación donde creía provenían los sonidos, la habitación de sus padres.
Cualquier otra persona habría quedado mortificada de por vida al ver tal escena, pero Annabeth estaba acostumbrada a ver tanta sangre, pues amaba las películas de terror. Pero, claro, era diferente estar en una habitación repleta del líquido rojo a verlo por una pantalla de televisión. No obstante, se obligó a avanzar, arrugando la nariz ante el olor a óxido que las sábanas manchadas de rojo desprendían. Caminó con cuidado, sin siquiera hacer ruido, y levantó las mantas que repentinamente estaban más pesadas debido a la humedad. Debajo de las mismas, reposaba el cuerpo de su madre, muerto.
Annabeth dejó caer las mantas con rapidez y dio unos pasos hacia atrás. Bien, quizás su relación con su madre nunca había sido perfecta, pero el afecto natural entre madre e hija ahí estaba. Y verla muerta, ver a una persona cercana en ese estado, era el peor miedo de Annabeth vuelto realidad.
Respirando con dificultad, siguió observando la habitación. Llamó a James. Nadie respondió, así que se inclinó debajo de la cama para ver. Nada. Una leve ventisca hizo que sus cabellos revolotearan a su alrededor y se dio cuenta de que la ventana estaba abierta. Con una velocidad de la cual no se creía posible y que habría sido increíble tener en el último partido de fútbol, llegó a ella y miró fuera, hacia arriba, hacia abajo. Lo que vio la dejó impactada, quizás más de lo que ya estaba. En el suelo de asfalto, más de tres metros debajo, estaba el cuerpo de su padre, que anteriormente había despertado como mutante, matado a su madre a golpes y huido, saltando por la ventana, sin llegar a darse cuenta de que no sobreviviría la caída. No había rastro de James y no lo habría nunca. Nadie halló su cuerpo, ni sus huellas.
Annabeth jamás lo volvió a ver.

La muchacha miró su reflejo en el espejo del motel en el que se hospedaba. Su mirada, tan azul como siempre, estaba perdida. Sus ojos eran duros como rocas, fríos como el hielo.
—Basta de pensar en eso —se dijo—. Basta ya.
Se puso los guantes negros y las botas de cuero del mismo color con rapidez. Guardó el arma de fuego dentro de su pantalón y unos cuantos cuchillos dentro del calzado. Ató su cabello, negro como su estado de ánimo, y salió de la habitación sin mirar atrás.

Al cumplir la mayoría de edad, Annabeth comprendió que no podía seguir así. Había pasado dos años en un orfanato que detestaba con todo su ser, teniendo que soportar los comentarios de las demás chicas que allí estaban, que la evitaban y molestaban como si la ley lo dictase. Más de una vez se metió en problemas y más de una vez cambió de orfanato, puesto que los otros no hacían más que echarla. Pero, al final, los ansiados dieciocho llegaron. Era libre. Cuando salió de ese infame sitio, no hizo más que reír. Reír y reír, de felicidad. Aunque su risa era amarga y carente de alegría; tal y como ella misma.
Durante el año que pasó fuera, Annebeth hizo todo lo que nunca había hecho. Viajó, vivió en las calles, trabajó en trabajos temporales que luego abandonó o de los cuales fue despedida e incluso robó a las demás personas. La historia del virus estaba comenzando a hacerse normal esos días y ella vivía con el rencor de que él había sido la razón por la cual toda su vida se había desmoronado; si su padre no se hubiera contagiado, no habría matado a su madre, no habría muerto y James todavía estaba con ella. James, ¿qué había sido de él?
Ni siquiera ella sabe cuándo fue el momento determinante en el cual decidió volverse cazadora. Quizás tanto rencor acumulado necesitaba algún sitio donde escapar y, ¿qué mejor que comenzar a matar a aquellas personas que podrían acabar con vidas, tal y como ya una había acabado con la suya? Se volvió letal. Su cuerpo, acostumbrado a llegar al límite, a luchar y a correr hasta que las piernas ya no respondían, le fue de gran ayuda. Su mente, fría y al mismo tiempo violeta, le ayudó a disparar el gatillo o a clavar los cuchillos sin siquiera dudar.
Annabeth. Ya no era Annie, Annie había desaparecido. Ahora era Annabeth.
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Re: Annabeth L. Campbell

Mensaje por Craziness el Vie Ene 27, 2012 10:33 pm

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